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ECUADOR Y FRANCIA UNA HISTORIA EN COMUN

CULTURA Y EDUCACION

Los encuentros con Francia en la literatura ecuatoriana

Por: Iván Carvajal

La profunda revolución poética que se produjo en la segunda mitad del siglo XIX en Francia, que tiene en Baudelaire sus fuentes y su centro, desencadenó -como es sabido- la renovación impulsada por Rubén Darío y el modernismo en nuestra lengua. Este fue el primer movimiento poético originario de Hispanoamérica. En su riqueza estética convergen la vuelta a las fuentes de la gran tradición poética hispánica y la deliberada apropiación de lo moderno, ante todo, los hallazgos del simbolismo francés. Sin embargo, el modernismo en el Ecuador fue un movimiento tardío y epigonal. Hubo que esperar un cuarto de siglo para que el remezón que propiciaron Darío y sus contemporáneos llegase a los Andes ecuatoriales y sus pequeñas ciudades: Quito, encerrada entre altas montañas, y Guayaquil, puerto casi destruido por los grandes incendios de finales del siglo pasado. En Ecuador, aunque con retraso, la generación de Arturo Borja, Ernesto Noboa y Caamaño, Humberto Fierro, Medardo Ángel Silva y Alfonso Moreno Mora intentó fundar, en la segunda década del siglo XX, la modernidad poética, recurriendo para ello a los grandes modernistas hispanoamericanos y a sus antecesores. De ahí nace su admiración por Verlaine, por algunos simbolistas menores como Samain, su predilección por la leyenda del "poeta maldito".

Más allá de los gestos con los cuales se aproximaron a la imagen del dandy, del poète maudite, gestos que acabaron tempranamente con los actores de la "generación decapitada" -como sería bautizada por Raúl Andrade-, debemos reconocer en nuestros modernistas su voluntad de poesía, su afán cosmopolita, su intuición de la modernidad. Con ellos sin duda comienza la moderna poesía ecuatoriana. El vínculo con la poesía francesa, patente en ese inicio, habría de profundizarse luego en los tres grandes poetas nacidos a principios de este siglo: Jorge Carrera Andrade (1903-1978), Gonzalo Escudero (1903-1971) y Alfredo Gangotena (1904-1944). Los tres vivieron largas temporadas en Francia, cumplieron funciones diplomáticas en París, fueron conocedores profundos de la cultura francesa, forjaron vínculos con poetas franceses contemporáneos y, cada uno a su manera, explicitaron su admiración por Francia.

En la obra juvenil de Jorge Carrera Andrade se advierte la decisiva influencia de Francis James. Carrera Andrade, como antes de él Rilke, tomó del poeta francés su apego a las cosas, a los objetos puestos ante la mirada, su profundo amor y respeto por los animales y las plantas. La importancia de esta temprana influencia es fundamental en la poética de Carrera Andrade: surge de ella su radical vocación por lo concreto, la singular valoración de la mirada en el conjunto de su obra, la primacía que adquiere la metáfora constituida a través de la imagen visual. Nace también de la influencia de James la reivindicación de los pequeños seres que, en el caso del poeta quiteño, se inscriben en su particular concepción poético-panteísta del mundo. Carrera Andrade dedicaría un poema elegíaco al "buen Francis" en La guirnalda del silencio (1926), al recibir en Quito una errónea noticia sobre la muerte del poeta francés.

La poesía de Carrera Andrade es, desde un punto de vista, un amplio registro de sus viajes. Para el poeta, cada lugar de su incesante itinerario devenía un paraje del movimiento de su propio espíritu, un momento de su poesía. "El Hombre del Ecuador bajo la Torre Eiffel" y "Las campanas del Havre", poemas de su libro Boletines de mar y tierra (1930), señalan en su obra el primer encuentro con Francia. En el primero de estos poemas se evidencia ya el giro provocado en su poetizar como resultado de su viaje a Europa y su contacto con los movimientos de vanguardia. La imagen poética, sin perder su sentido concreto, adquiere la libertad y fluidez suficientes como para confrontar los objetos de la sociedad industrial con las imágenes del mundo andino: "Te vuelves vegetal a la orilla del tiempo. / Con tu copa de cielo redondo / y abierta por los túneles del tráfico, / eres la ceiba máxima del Globo. //... / Alargas sobre una tropa de tejados / tu cuello de llama del Perú", dirá el poeta dirigiéndose al símbolo modernista de París.

Carrera Andrade mantuvo, a lo largo de su vida, estrechos vínculos con poetas franceses. Parte de su obra fue pronto traducida al francés. Vivió en Francia por largos períodos. Sin duda, su reconocimiento mayor a cuanto había recibido de la cultura francesa, y sobre todo de sus poetas, es su antología Poesía francesa contemporánea (1951), para la cual tradujo -a lo largo de dos décadas- a 55 poetas de esa lengua. En Francia, a su vez, apareció un volumen con su biografía y una selección de sus poemas en la colección Poètes d'aujourd'hui (París, ed. Pierre Seghers).

La poesía de Gonzalo Escudero, por su parte, muestra la decisiva influencia de las vanguardias y, entre ellas, del surrealismo, en sus libros Hélices de huracán y de sol (1933) y Altanoche (1947). Es significativa la constancia explícita que deja Escudero en el primer poema de Altanoche, "Evasión" -uno de sus poemas mayores, por cierto-, de su encuentro con Francia: el poema está fechado en París, 1933. A más de la indicación de su paso por París, este dato incidental puede interpretarse como el testimonio de un nexo que el poeta quiteño establece con la poesía francesa y, a través de ella, su contacto con la poesía contemporánea.

A partir de Estatua de aire (1951) el poeta quiteño abandona las formas vanguardistas, para volver hacia un peculiar clasicismo hispánico. Sin embargo, no por ello deja de ser moderno en lo esencial, en la construcción de sus imágenes, en la creación de una atmósfera que combina lo onírico con un ámbito imaginativo que nace de la voluntad del poeta que se orienta hacia la construcción de una realidad eminentemente artística. Si su vuelta a las formas clásicas puede asociarse al redescubrimiento de Góngora por parte de los poetas españoles de la generación de 1927 (García Lorca, Guillén, Cernuda, Alberti), no es menos cierto que la construcción del poema como acontecimiento eminentemente artístico, que el extremado gusto por la arquitectura del texto, por la música interna, por la precisión de orfebre del poeta, tienen su antecedente en el simbolismo francés y, sobre todo, en Mallarmé. El propio Escudero apuntó en uno de sus ensayos su deuda con Góngora y Mallarmé, poetas tutelares que habían iluminado su camino hacia la "poesía pura".

Alfredo Gangotena vivió su contacto con la moderna poesía francesa en edad más temprana que sus dos contemporáneos. No sólo eso, sino que el escribir la mayor parte de su obra en francés lo convierte en poeta de esa lengua. Alejandro Carrión decía ya que Gangotena era el gran poeta que Ecuador había dado a Francia, como Uruguay le había dado Lautréamont, y Cuba, Herrera. Gangotena viajó con su familia a París en 1920 para terminar sus estudios secundarios y proseguir los universitarios, hasta obtener en la Escuela de Minas su título de ingeniero. Sin embargo, para Gangotena lo fundamental de su estancia en Francia tuvo que ver con su vocación poética. A fines de 1923 aparecieron sus primeros poemas en francés en la revista Intentions. Luego, otros poemas fueron publicados en las revistas Philosophies, Le Roseau d'or y La ligne de coeur. A la vez, el joven poeta estableció lazos de amistad con Jean Cocteau, Max Jacob y Jules Supervielle, quienes valoraron altamente sus cualidades poéticas. Más tarde, conoce a Henri Michaux con quien retorna al Ecuador en 1927. Michaux escribiría, a partir de este viaje a los Andes ecuatoriales con su amigo Gangotena, uno de sus más conocidos y bellos libros, Ecuador. En tanto, salía a la luz en París el primer libro de Gangotena, Orogénie (1928). En Quito, Gangotena publica Absence (1932). En 1935, en el Journal de Poètes aparece "Cruautés".

Gangotena volvió a París en 1936, como agregado cultural de la Embajada del Ecuador, y permaneció en Francia hasta inicios de 1937. La revista Cahiers GLM publicó ese año una nueva versión de "Cruautés". Al año siguiente, el editor Pierre-Louis Flouquet publicó Nuit en los Cahiers des Poètes catholiques (Bruselas, 1938). Con este libro concluye el ciclo de poesía escrita en francés por Gangotena.

Cuando se produjo la invasión alemana a Francia, el poeta organizó actos de protesta en Quito. Estos actos fueron los más significativos de su actividad pública, breve y parca. Francia reconocería este gesto del poeta al concederle, póstumamente, la condecoración de la Legión de Honor (1945). Más tarde, con apoyo de la Embajada de Francia en Ecuador se editó la edición bilingüe español-francés de Tempestad secreta (traducción al francés de Margarita Guarderas de Jijón, Libri-Mundi, 1992). Los Poèmes français de Gangotena están recogidos en dos tomos editados por Claude Couffon, quien añade una "Présentation" de Henri Michaux y una selección de las opiniones de poetas y críticos franceses contemporáneos del poeta quiteño (Orphée, La Différence, 1991-1992).
Si bien sería exagerado decir que Gangotena fue un poeta "francés" nacido en Quito, no deja de ser cierto que el poeta quiteño encontró en la lengua francesa el vehículo de expresión de su particular agonía y desarraigo, que dota a su voz poética de una extrema significación existencial.

El breve bosquejo de las relaciones de estos tres grandes poetas ecuatorianos con la poesía moderna nos permite comprender la profunda influencia de la cultura francesa en nuestras letras, especialmente en este siglo. Otros poetas posteriores establecerían nuevos vínculos con la poesía en lengua francesa, ya por su personal aproximación a los movimientos de vanguardia, ya por la herencia recibida a través de Carrera Andrade, Escudero y Gangotena.

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